Julio Bosque

Diálogos entre fotografía y pintura

Escritos
Román de la Calle

Fotografiar un fragmento determinado de pintura, sin que ello signifique aislar tal fragmento de su contexto—ya que el «todo» aún no existe, sólo existe precisamente ese fragmento con aspiraciones de «módulo» estructurador en relación a una obra en proyecto—puede ser, sin duda, una interesante punto de partida.

Julio Bosque (Valencia, 1954) parte precisamente de esa estrategia que, de algún modo, asume la noción de seriación como parámetro interno de la propia composición «pictórica». De hecho cada una de esas propuestas que ahora nos presenta en la galería Leonarte de Valencia integra pintura y fotografía. Sólo un sector de la obra está—en ella—efectivamente pintada. Pero tal fragmento ha sido fotografiado a tamaño natural y reproducida la imagen fotográfica un número determinado de veces. La integración total de las imágenes fotográficas seriadas y el fragmento—o fragmentos—de pinturas siguen determinados códigos compositivos hasta generar, en su mutuo diálogo, el conjunto de la obra.

Es así como se establece un juego visual en el seno de la propuesta, en el cual el enmascaramiento propiciado por la estrategia de las imágenes desempeña un papel fundamental. Además la continuidad compositiva de los «módulos» utilizados asegura la homogeneidad resultante, a partir del doble principio de simplicidad y de regularidad que predomina en cada una de las alternativas seleccionadas por Julio Bosque.

Sin embargo se desarrolla complementariamente una curiosa y explicable tensión entre lo óptico—que regulariza el conjunto presentado—y lo háptico—que sólo es posible en el sector ocupado por la pintura—. Un trompe l’oeil inusual, referido inmediatamente a la pintura misma, retiene así la atención del espectador hasta lograr descubrir la clave del retrospectivo planteamiento. A menudo las imágenes fotográficas obtenidas a partir del fragmento pictórico—entendido como auténtico protagonista generador de la obra—presentan efectos distintos de luminosidad, en su orientación o intensidad, lo que acrecienta la sensación diversificadora en el interior mismo de la serie de dichas imágenes.  Otras veces se invierten y alternan tales imágenes en torno al eje longitudinal o respecto al doble eje de la composición, con lo cual la impresión de camuflaje de la imagen única queda asegurada. Es difícil en tales casos desvelar, de forma inmediata, la regularidad de la presencia de un único fragmento, reiterado a través del recurso fotográfico.

A pesar de tales estrategias, no se trata de un mero alarde o de un simple juego caprichoso que acabe por dominar, sin más, sobre el conjunto de los diferentes valores plásticos. Sin duda se consiguen adecuados resultados en esa especie de persistentes «autocitas» que la obra, en constantes referencias a sí misma, reitera. Las relaciones de las partes —en su diferente cualificación— con el todo no sólo funciona como argumento de experimentación, como concepto generador, sino que se transforma en vehículo de artisticidad dominante, en cada pieza.

De alguna manera Julio Bosque, en estos recientes trabajos, sigue una línea ya iniciada en la exposición precedente, añadiendo—en esta ocasión—el eficaz recurso a ese diálogo establecido entre fotografía y pintura, que al fin y al cabo viene a subrayar los posibles niveles que las imágenes pueden establecer entre sí, optando además en esta ocasión por integrar tales referencias mutuas—entre las imágenes—en el seno de la propia obra.

Roman de la Calle, 1992.