Julio Bosque

Diálogos entre la imagen y el objeto

 

Escritos
Román de la Calle

Inscrito en el marco de un amplio conjunto intergeneracional que funcionó, de algún modo, como bisagra de la transición y cuyos representantes—tras reajustar su diversificado quehacer—se dieron a conocer como pintores ya en la década de los ochenta, abriendo ciertas expectativas de renovación en la plástica valenciana de la época, Julio Bosque ( Valencia, 1964) ha sabido ir paulatinamente centrando su atención en parámetros y estrategias diferentes.

En este sentido podemos hablar, en relación a su trabajo, de una persistente evolución, cuyas fases vienen ciertamente a coincidir con otras tantas muestras individuales.

Su primer radical interés por la abstracción—próxima ésta posiblemente a opciones desgajadas de la «pintura-pintura», que tuvieran franca resonancia y aceptación entre nosotros—se vio más bien centrado en un triple engranaje de resortes plásticos, altamente eficaces en su conjunción: el cultivo de un cromatismo fuerte y hasta violento en ciertos casos, la libertad de gesto en su aplicación y el alarde protagonista de un recurso estructural muy simple, que funcionaba, en última instancia, como motivo de cohesión en la superficie total de sus propuestas.

Julio Bosque, después de sus anteriores muestras individuales en Valencia, de 1981, en la galería del Palau, y la de 1984 en la Temple, en las que mantuvo y desarrolló los planteamientos estéticos que hemos comentado, nos ofrece ahora un nuevo conjunto de propuestas donde destaca, ya de entrada, el cumplimiento de algunas de las pautas que se venían apuntando en su trayectoria: irrumpe en cada una de sus composiciones un motivo figurativo central de formas casi siempre rectangulares. Incluso en ciertos casos el objeto figurado (puente, escalera...) tiene su réplica tridimensional, con lo que el juego analógico entre imagen y objeto pasa a un primer plano conceptual, en la medida en que nos ofrece eslabones de una cadena de referencias que se cruzan y remiten mutuamente entre sí, a la vez que ambos funcionan como signos icónicos de otros referentes.

De hecho se desarrolla esta incursión reciente en el ámbito de lo escultórico como contrapunto y refuerzo de su trabajo artístico global. Y tal dato debe considerarse digno de atención por las posibilidades que preanuncia.

Por otra parte, también hemos de tener en cuenta que el protagonismo de lo gestual, así como la exaltación y brillantez cromática—constituidos en otra época como eje de su trabajo—se han replegado plenamente para dar paso a una presencia más generosa de materia pictórica de pormenorizado tratamiento, a la vez que se ha dado cabida también a otras opciones de color, donde priman fundamentalmente las gamas oscuras, sutilmente combinadas con total sobriedad.

Hay, pues mucha variación y apertura de expectativas entre esta muestra actual de Julio Bosque en la galeria Temple y las precedentes exposiciones que tuvimos ocasión de seguir, de forma puntual en su itinerario. Ciertamente su lenguaje pictórico es ya otro, y ha sorprendido, sin duda, este giro tan elocuente en sus proyectos actuales.

Riesgo y decisión no le han faltado. Y aún presenta un grupo de obras sobre papel que, sin duda, funcionan como lazo de unión en esta diferenciada coyuntura, aportando ciertos ecos, ya lejanos, de sus recursos precedentes. Nos obliga así, una vez más, a mantener nuestra atención pendiente de posteriores y más amplios desarrollos. Y a ello seguimos apostando, como ya lo hicimos en su día, fiados en un cierto sentido de impronta personal que siempre ha manifestado a la hora de enfrentarse y estructurar, Julio Bosque, los valores plásticos de sus obras (Galería Temple, Valencia)

 

Román de la Calle, 1987