Julio Bosque

Los Babeles de Julio Bosque, o como hacer las cosas con palabras

Escritos
Vicente Jarque

Decía el crítico Harold Rosenberg que toda obra de arte característica del mundo contemporáneo vendría a ser algo así como una especie de centauro: mitad materiales artísticos, mitad palabras. A lo que se refería es a ese fenómeno taumatúrgico que hace de un objeto cualquiera –un tablón rojo, una pila de trapos, un montón de piedras, un perchero, una colección de cachivaches- una obra de arte auténtica, y a veces importante, a condición de que comparezca convenientemente acompañado, o mejor envuelto, por las palabras adecuadas que aseguren su inserción conceptual en el mundo del arte.

Ahora bien, se diría que, en cierto sentido, esto es justamente lo que no ha pretendido hacer Julio Bosque. De hecho, sus últimas pinturas se encuentran virtualmente repletas, incluso literalmente atravesadas de miles de palabras que aparecen en su dimensión de babélico guirigay, atrapadas en el cuadro no tanto por su valor en cuanto que portadoras de un presunto significado, como en cuanto que imagen del caos que generan en el ámbito de la prensa.

Lo único que Julio Bosque salva de ellas es precisamente el orden determinado por la línea recta en que se presentan (tal vez el último orden reconocible en los argumentos). Ésta podría ser la nada azarosa raíz común a la fraseología y al dibujo lineal. De manera que, en lugar de apoyarse en los mensajes, cuya proliferación ilimitada tiende a hacerlos poco menos que ininteligibles, a convertirlos en mero ruido, él construye con sus fragmentos unas líneas susceptibles de configurar estructuras geométricas, ellas mismas fragmentarias, pero no por ello menos rigurosas.

En algún caso se trata de estructuras compactas, cada uno de cuyos elementos contribuye a la representación de una forma volumétrica. En otros casos, de lo que se trata es de la repetición de una misma figura geométrica, un trapecio, un rectángulo tan largo que se convierte en una barra, formas que encajan y que le permiten, además, jugar con el color.

De hecho, Julio Bosque no ha abandonado nunca su interés por la tradición de la abstracción geométrica. Y lo más curioso es la manera en que se las ha venido arreglando desde hace años para desarrollarla partiendo de elementos básicos, a veces figurativos, otras veces, como en estos últimos trabajos, en forma de una acumulación de ristras de escrituras innumerables privadas de sentido, o, al menos, del sentido que originariamente pretendían tener.

Por lo demás, es obvio que Julio Bosque no sólo conoce bien los materiales con los que trabaja, sino que sabe entender las palabras con las que otros confeccionan textos, y que él, más allá de toda veleidad caligráfica, transfigura sobriamente en líneas pictóricas. Entretanto, no deja de ser reconfortante comprobar que hay alguien todavía empeñado en ocuparse de estas cosas. Reconozcamos que no siempre las palabras encuentran en nuestros días un destino mejor.