Julio Bosque

Ventanas

 

Escritos
Jose Luís Parra

No tengo certidumbre. Sería tal vez en un atardecer de verano, ya internándose en el crepúsculo, cuando, desde la azotea, me fijé por primera vez en aquella ventana. Nunca vi a nadie asomado a ella, nunca vi a nadie deambulando por aquella habitación, solo la omnipresente bombilla de la que manaba una luz amarillenta, a veces rojiza, y la sensación perturbadora de estar contemplando una casa de espectros. Algo malsano fluía de aquel interior, una atmósfera mefítica, tal vez voces apagadas, lamentos, quizás el susurro de una lengua venenosa. Todo aquello quedó grabado en mi retina infantil y, con los años, asociado para siempre a mi imagen de la postguerra, que fue tanto un “tiempo de silencio” como un tiempo de susurros.
            Más tarde, ya traspasada mi adolescencia, leí “Ventanas”, un pequeño poema en prosa de Baudelaire, y también como el poeta francés, recordando aquella ventana de mi infancia, con los escasos datos de que disponía, fui reconstruyendo su historia, o mejor su leyenda, y me la conté a mi mismo, no pocas veces, llorando.
            Las ventanas han sido y continúan siendo un motivo constante en casi todo lo que he escrito, bien de una manera explícita o de un modo latente. Ventanas, terrados, persianas, balcones; con ellos se configura una parte esencial de mi intrahistoria, de mi ficción, de mi leyenda. Acaso sea – pero no podría asegurarlo – en los dones suficientes donde más se reitera esa presencia obsesiva. La ventana como el puente que comunica el adentro con el afuera, la ventana como el lugar del intercambio, el espacio de la apertura al aire, a la luz, a la palabra, y – cómo no- la frontera del encontronazo con la oscuridad, la imprecación, el texto silencioso e incapturable, la fealdad repentina del mundo.
            Este largo preámbulo, evocador y un tanto egotista, surge como consecuencia de mis varias visitas al estudio del pintor Julio Bosque, que ultima su próxima exposición. Bosque es un artista , al menos en estos últimos años, poco dado a giros espectaculares en su trayectoria, a rupturas violentas. Sus muestras públicas tienen una evidente continuidad, exploran y ahondan posibilidades entrevistas o intuidas en trabajos anteriores. Desde hace una década, con la aparición de sus primeros “Textos”, a los que han seguido con toda naturalidad sus series de “Voces”, se ha embarcado en un proyecto singular, que, si en sus inicios, consistía en recortar y pegar a la superficie de las obras abundante información de periódicos y revistas, incluso en diversos idiomas y grafías, y con la ayuda del color sobre este collage de fondo convertir esos textos, ya reducidos al absurdo, en objeto e imagen pictórica, se ha ido decantando posteriormente, con acendrada fidelidad, por dotar a esa realizaciones de una mayor raigambre poética.
            ¿Y qué nos ofrece Bosque en esta ocasión?
            Sobre el suelo, apoyados en la pared, observo y contemplo los primeros cuadros seleccionados, aunque no pasan desapercibidas a mi vista las dos curiosas esculturas de madera que se agarran al tabique con acrobático virtuosismo. Todos los cuadros, tanto los de mayores dimensiones como los de formato más reducido, reproducen cinco paneles, cinco esbeltos rectángulos verticales que el pintor denomina “ventanas”. No es la primera vez que Julio Bosque pinta ventanas. A mediados de los años ochenta de la pasada centuria ya lo había hecho, pero entonces se trataba de una obra con cuatro módulos en la parte inferior, en una tesitura diferente y con técnicas derivadas del informalismo y de la pintura matérica. Estos ventanales de distintos colores, que van del ocre al negro pasando por el azul, sobre la luz cambiante de los fondos, son sin duda otra cosa. Desconozco todavía como incorporará los textos, las “voces” a estas
superficies desnudas que sostienen mi mirada, enigmáticas, con abismal transparencia. Estoy seguro, sin embargo, de que desdeñan el relato y no toleran el melodrama. ¿Tienen alguna semejanza con las mías?, me pregunto.
            En mi última y aún reciente visita al estudio compruebo que ya están elegidas las obras que protagonizan la exposición en el nuevo Café Malvarrosa, ese dinámico templo de la amistad y el arte que regentan Toni Moll y Víctor Segrelles. Bosque está muy ilusionado y no lo disimula. Me enseña, entre otras novedades, algunas pruebas, algunos ejemplos de cómo piensa insertar las “voces” e integrarlas en los cuadros. Ha realizado la experiencia en piezas de tamaño menor. Veo delgadas líneas de texto, ondulantes como hilos de humo, que surgiendo del interior de las ventanas recorren un breve trecho y retornan a su matriz misteriosa; veo otras líneas quebradas que proceden del exterior y que rebotan, rechazadas por los rectángulos como si estuvieran sellados; creo percibir cierto pathos en esa danza geométrica. Me hago una idea aproximada de las intenciones de Bosque, y de pronto comprendo que estos ventanales son también mis ventanas: aberturas para el intercambio y negación para el comercio sensitivo indeseado. Si los primeros “Textos” de Bosque captaban un ruido de fondo fragoroso, atenuado por el rigor geométrico de las formas y por los imperativos de una tradición pictórica austera, en estas “voces” de ahora ha conseguido el pintor fijar el susurro y suspender el grito. Y lo ha resuelto con esmerada elegancia.
            Quiero subrayar un aspecto, por lo demás de escasa transcendencia plástica, que confiere una significación muy especial a esta exposición. Bosque, rizando el rizo, ha optado por incluir en sus nuevas esculturas, aplicando su conocida destreza en el uso del collage, las voces del texto de este catálogo; una decisión que tiene mucho de guiño cómplice y de celebración amistosa. He dicho voces, pero no he cometido ningún desliz, pues aunque este texto sólo tiene un autor, una voz responsable, corroborada con su firma, intenta concertar otras muchas voces, entre ellas la del propio pintor, las citas parafraseadas o veladas, las resonancias plausibles y los ecos desconocidos, voces que colaboran activa y necesariamente en la existencia de este catálogo.
            Era inevitable, tal vez fatal, que la propuesta estética de Bosque desembocara y aún culminara en la escultura. Sorprendente también porque él no es propiamente un escultor. Mi escultura es una prolongación natural de mi actividad pictórica, dice. Pero ese empeño, ese deseo casi lunático de apresar, aprehender, congelar palabras, voces que “el aire en sonidos múltiples / las va llevando de un lugar / a otro/ como a plumas / de música,/ de signos y babel”, que “respiramos / sin oírlas / como tampoco / el quejido de una hoja que nace”, en versos de Julia Uceda, voces que carecen de peso, de forma y de volumen, salvo en el pensamiento o en el sueño, le han llevado a establecer un diálogo entre el espacio y la materia, cuestión esencial e ineludible de la escultura. Imposibilitado para dar volumen a lo volandero, Bosque sueña con la representación del espacio que las contiene, visualiza voces y más voces, hasta que llega ese instante decisivo y mágico en que comprende su disposición espacial. Fruto de algunos de esos sueños son las esculturas que ahora nos presenta, cada vez más airosas, más aéreas, más audaces en su arriesgado funambulismo.
            He hablado de catálogo, pero esto no es un catálogo, ni tampoco la memoria de una exposición; es algo menos y algo más: un testimonio cordial, un gesto fraterno.

J. L. Parra, diciembre 2010