Julio Bosque

Zapping - textos

 

Escritos
Wenceslao Ventura

Vivir me entrega a una voz perezosa y ciega,  reverso de mi voz: guijarro de los días. He pensado, recordando unos versos de Baudelaire, que la muerte en verano no nos mirará con ojos de soldado en cautiverio, pues no nos mirará a los ojos, ni tan siquiera nos verá. Arde la tarde, aquí, en el rojo de esta roca casi portuaria y a lo lejos, en el ocre ya rugoso, tal vez en las dunas, los veo. Intuyo que el erotismo, la llave de los cuerpos, es casi siempre un largo pasadizo de voces fluorescentes. Me pregunto si el acto pictórico es un acto subversivo; si el pintor en su búsqueda, en el desajuste psíquico de toda ascesis artística, se siente  por primera vez un cuerpo que penetra en otro cuerpo.Los entreveo en la repetición entrelazada de las piernas y los vientres: sudor incontenible, olas cansadas: vacío de la tarde. Así los signos, encadenados y ajenos, significantes extraviados que quieren arrastrar la vasta iconografía de lo que acontece. Busco sensaciones; rastros de energías encapsuladas bajo un caparazón neumático: huellas de un desasosiego; la necesidad de sentir este nuevo trabajo de Julio Bosque como totalidad me hace incansable en mi búsqueda. Asocio imágenes a sonidos errantes que las composiciones convocan o pongo  sonidos estridentes a las imágenes y sus súbitos huecos: hierro contra hierro. La ciudad en su curvilínea existencia le pone mordazas a la vida; en la noche el Zapping o zapeo constante  crea un eco vacío en los descampados: los textos son nuestra memoria, la herida del tiempo en los alfeizares: los textos son como una trouppe de cómicos que anuncian que en el final está el principio.  ¿Será por lo indefinido, por las mutaciones imprevisibles del collage, que las imágenes producen ecos sonoros y traspasan así lo visual?. ¿Comprenderá el pintor esta idea o audacia, reflejo de mi oído o de mi ojo, o de ambos, o le parecerá mi sospecha equivocada, errática como mi obstinación?  La pintura de Julio Bosque abre  un pasadizo que conduce a un tiempo que desea el tiempo, a un lugar todavía no habitado por el relato, donde todo sigue intacto, donde en la levedad de unos pasos, estoy pensando en las piezas que componen la subyugante Vivir siempre de píe, título tomado de un poema de Juan Ramón Jiménez, adivinamos una bella y cruel complacencia carnal: la del hombre ante su destino. Sensualismo de las formas orgánicas, ruptura premeditada con la línea recta, con el plano. Voluntad de ruptura con la abstracción geométrica. Las piernas son metáfora de libertad y fuerza vital, de caminos por recorrer, de huida; la verticalidad, el vivir siempre de pie es tener una de las llaves de nuestro proyecto, es intervenir en nuestro telos :es aprender a ser el que somos.    

En el lienzo sólo adivinaremos la emoción del propio proceso creativo. La embriaguez o la melancolía parecen suprimidas. Y sin embargo, la sensación de transporte, de fugacidad deformante, da lugar a una visión rítmica, a un deseo lírico, enmarañado, y  tal vez, melancólico. El gesto ahora es una parte más de la materia, se ha fundido con ésta. El color, por otro lado, rellena la superficie: es un actor más en esta propuesta pictórica urdida  en la introspección, en sus pasajes. Hay un progresivo abandono de la racionalidad que no cabecea en el autismo. Existe el deseo de añadir y no excluir nada de las almenas que el pintor también llama ventanas, de no renunciar a la posibilidad de transmitir la sensación de vida de un momento cualquiera, de una época cuyo tintineo es más poderoso que su silencio. Sin embargo, estas ventanas de fragmentos y alquitranes en medio de la noche, los cuadros mismos como una morada donde eternizar los cuerpos.¿ No hurgan como objetos escapados de su significación en la blanda superficie de los días?.¿ No son, acaso, estructuras flotantes? Después de la experiencia única de observar e involucrarnos de forma progresiva con todos los sentidos podemos adivinar en esa sucesión de cuadros  otro cuerpo, surgido de la simbiosis: hecho de fragmentos de una fantástica bandera nocturna donde los fuegos se han vuelto sombras, rugidos: hipnosis urbana. Hay soporte aunque creamos que todo flota. Hay rostros que suman un solo y anónimo rostro. No sé si en la gravedad del negro y el gris de los periódicos estallaron los aviones, se quemaron las torres gemelas, estalla de nuevo una bomba en el Líbano o se suicida un ave en Hanoi, como dice en  Maquillaje el poeta Pedro Casariego Córdoba. He visto algunos de tus cuadros como una zona cero de labios balbuceando: una zona compleja compuesta por fragmentos de realidad, la de las imágenes de los medios gráficos y su inmediato desorden o delirio acumulativo en un ritual casi diario de renovación, de placer y sufrimiento en la acción pictórica. Pintar en la prisión del tiempo para amplificar el tiempo; el pintor  hará de su claustrofobia un lenguaje siniestro pues está en exceso en la pintura: merodea en ella como delirio: se hunde en su légamo y construye el espacio: sueño sin fin de la caída: fragmentos del origen, manchas: desentrañar las verticales y horizontales: sueño sin fin de la caída: jungla, hileras o alineamientos, descifrar lo abigarrado, estructuralmente, como sólo lo haría un ciego con las yemas de sus dedos; volver a leer las huellas, las texturas.  Lenta deriva de ocres, de grises, de rojo siena, ausentes, obturados,  lejanía de mano anónima que quiere salvar todo gesto. En el collage hay brasas de nuestro levitar ausente en la aglomeración; el collage, a veces, disuelve lo que es en lo que no es y así se extingue el posible significar de las imágenes. Todos estos cuadros y objetos pictórico-escultóricos que dormitan en el estudio caluroso de junio van creando una bóveda de rostros nómadas, anuncios de refrescos,  pómulos, labios .... Sin más anhelo ni cuidado que su fluir ante los ojos del espectador como islas flotantes.                                                                                       

 Veo tus cuadros aunque ahora no los tenga delante. Cierro los ojos y veo nuestro mundo: largas líneas negras donde habita el dolor, la saturación de guerras, las palabras ya sin sentido por la constante inversión de su significado. Veo la proliferación de objetos inútiles, la repetición cansina de los noticiarios,  todo aquello que distorsiona los actos humanos ha sido incluido en ellos como si quisieras dejar constancia de la extensión arrasada de nuestras horas, una aglomeración autista de temas ínfimos. Un mundo técnico y apátrida y, sin embargo, el canario, hace un instante, ha expresado con su canto las  mutaciones de la mañana y en ella las de nuestra alma desaparecida, enemiga del rumor de la muchedumbre y sus negocios. Alegría nada feliz .En el espacio de la escritura que es también el de  la pintura nos diluimos hasta perder toda nuestra identidad, todo muestro pasado. Para ser nadie y ser, al fin, soberanos. Extraña especie la nuestra que crea para no morir, que inventa mundos para salir de este mundo ocupado, que penetra en la luz para evaporarse. Pintar y escribir. Escribir y pintar.¿ No son la misma cosa?. Soy escritor y a la vez me siento pintor. Dibujo con palabras. Esculpo, a veces, con palabras. Sólo desde la retracción habla la soledad humana. Navego suspendido por algunos reflejos de tu canto: siempre irás más allá del canto: irás a la raíz: bajarás a la estela anunciadora del pozo, aun sin tu saberlo moverás las aguas  del pozo, traspasarás la reja, tocarás, temeroso, la severa enredadera, fragmentario y heterodoxo como un pintor del Medievo. Habrás sentido que la fuerza del silencio rodea tu pintura al igual que un gemido llamó mi atención y posibilitó mi adentramiento. Has roto en muchos fragmentos las frases de los periódicos. Has metido el lenguaje en una máquina pulveriza-documentos o lo has cortado con tijeras como hizo Tristan Tzara.

Tu trabajo alude a la monotonía del taquígrafo en las horas centrales del no man’s land en el que los motores de las rotativas empiezan a hacinar caracteres negros sobre extensiones blancas: ráfagas de hormigas bailan sobre las aguas estancadas del acontecimiento repetido. En “ Sentir, pensar,decir” has vuelto al bálsamo de las formas orgánicas, afirmación de tu existir recobrado en lo pictórico .El collage es una posibilidad de fuga, pero también un ancla en la realidad de lo más inmediato. La serie de cinco bodegones nace desde la materialidad de dos objetos: una jarra y un vaso. El primer cuadro-objeto no deja dudas del  punto de partida: los propios objetos colmados: llenos de texto; éstos, en el segundo acto de la serie, ya han perdido su corporalidad, su geología. Se han integrado en la superficie del cuadro; en su devenir no buscan la plenitud sino la aureola de su vacío: la abolición de su memoria de objetos.    Trabajo todavía vigoroso, pues viene de un ritual joven, audaz: el de las sensaciones: el de los órganos. Ciudad: andamios: presencias que oprimen: impenetrabilidad de los seres: texturas que nos vacían. En la meditación se escucha el hilo sonoro de un río. Ha desaparecido su fonética de metales nobles: se tornó arenosa y torva pues el río ha muerto, todos los ríos han muerto, los océanos y mares van vociferando que no hay nada permanente ni veraz. NO ha existido nada más que el oleaje: el de los párpados cerrados. He cerrado por un instante los ojos tratando de reconstruir ese territorio pictórico. En mi inopia convivo con él, extraviado todavía entre sus fragmentos vuelvo al texto. 

Nos unimos al perro que duerme en la esquina fresca, que va merodeando en estos días de soda, llanto y acaso risas. Arde la ciudad. Arde la tarde y el sol de poniente ha prefijado cenagosa tu pintura Voy a encontrarme de nuevo con tus cuadros. Voy a adentrarme una vez más en una coherencia que sólo puede venir de tu larga convivencia con ellos. Percibo esa simbiosis; percibo algo intenso: radical y anónimo.  Paneles, ventanas o viñetas de comics para encerrar pequeños trozos de tiempo. 

Coexisten técnicas distintas: antagónicas, contradictorias. En cada espacio acotado existen las fisuras del tiempo.El zapping como una adición de fragmentos, de instantáneas en la superficie del cuadro. Desasosiego  del que no tiene ya esperanza o lujuria del que nunca duerme o dormita entre las sombras alargadas que transitan sobre los muros desnudos de la estancia. Días sin huella donde sudar el texto, el cuadro en sus grutas adiposas. Vastitud de insectos chupadores. Zapping o enjambre.

La aniquilación, entonces, como reflejo de esa ficción de imágenes que no evocan más que la muerte del mundo. Todavía la pantalla encendida, abandonada en la encrucijada, al borde de la rosa quemada. Aquellos cuerpos desnudos y oscuros: ¿muertos? Humo bajo el techo del amanecer, en su algodón birmano: el éxtasis carnal engendra visiones abstractas, canes vagabundos. Todo huye hacía una deriva de imágenes azarosas: las ventanas se tornan alvéolos de una colmena babosa o arcadas de una plaza africana ciega como un teatro vacío. El texto es una tupida red de murmullos, maniobras, forcejeos de nuestro yo único y personal ya secuestrado por el yo colectivo del totalitarismo tecnológico.   Pienso en la pintura como se piensa en un denso oleaje de rumores, olores, reflejos, gritos, texturas. Siento los caminos múltiples de tus cuadros como incisiones dérmicas en mi piel. He vuelto a tomar del brebaje melancólico, no sé si ha sido por haberme refugiado en los surcos amodorrados de tus cuadros, en su silencio hecho de la estridencia del metropolitano. Pintura y escritura son lo mismo. He vuelto a iniciar la lectura del Passagem das horas [1] . He vuelto a la geografía de este litoral de bahías y ensenadas, de faros de dimensión humana que me hacen entender el mecanismo perturbador de las mareas. Retrocede sinuosa  la playa. He vuelto al lugar donde inicié este texto, a la reverberación de aquellos cuerpos que con máxima libertad incorporé a mi interpretación de tu pintura. El azar ha querido que alguna palabra mía acariciara el decir justo.

 Veo resbalar una luz: la luz, como algo que no existe: reflejo aceitoso, blanco, multiplicador de sentidos. Permanezco todavía en el lugar de tu pintura: heliocéntrica y lunática, en permanente construcción.

  

                                                              Wenceslao Ventura

                                                                           Verano de 2006

  [1] “ Passagem das horas”, fechado en 1916, es el título de un poemario de Álvaro de Campos, heterónimo del poeta portugués Fernando Pessoa